Procrastina hoy lo que puedas hacer maña...

¿Quieres que te contemos nuestro chiste favorito sobre la procrastinación? Te lo contamos luego…   (necesitábamos un chiste malo para romper el hielo 💀)  

Nos ha costado mucho escribir este artículo. Lo íbamos a publicar hace 2 semanas, en el día mundial de la procrastinación… pero se nos hizo bola.  

Y tú, que tienes cara de no haber roto un plato en tu vida... ¿nos vas a contar que no has procrastinado nunca? Ya, ya, ya…

En este mundo nadie escapa: procrastina el rey y procrastina el papa

Procrastinar es dejar para mañana… lo que querías haber hecho hoy. 

El 95% de las personas lo hace de manera general, y un 20% de adultos y un 50% de estudiantes, procrastinan hasta tener problemas heavies #real. Sospechamos que la cifra de verdad es más alta, pero que el resto de los encuestados estarían procrastinando enviar sus respuestas… .

Y esto, en la narrativa clásica que nos han contado es un pecado capital de vagos, maleantes y loosers sociales del que todos deberíamos huir porque: 

  • Te cuesta la paz mental porque a todos nos flipa el abrazo del sofá pero a nadie le apasionan los remordimientos de no haber empezado el trabajo a tiempo. 
  • Te cuesta malas caras en el curro, porque tu jefe esperaba algo para hoy. Para la próxima, dile que lo haces por su bien
  • Te cuesta, obviamente, tu tiempo porque por cada 100 minutos que pasas viendo vídeos de granos y gatitos; pierdes 27 de trabajo, 29 de ocio y 12 de sueño. 
  • Te cuesta dinero, porque tu tiempo vale oro.

Extremismos: de la procrastinación… a la hiper-productividad tóxica

Antes de seguir soltando pestes sobre la procrastinación, paremos un momento.  

¿Por qué hablamos de ‘gastar’ tiempo?; ¿de dónde nace la obsesión por la productividad y aprovechamiento eficiente del tiempo constante?  

Pues esto nos viene de fuera; nos viene un pelín impuesto. Vivimos en una sociedad adicta a la productividad. Hasta un nivel tóxico. Incluso con una pandemia que te obligaba a quedarte en casa te veías forzado a aprender idiomas, a hacer pan, a redecorar tu casa, a hacer, a hacer y a hacer…  

Nos han enseñado que valemos tanto… como las cosas que conseguimos (y posteamos luego en redes): las horas extra que curras, los sacrificios que haces por tu familia, los hobbies de fin de semana, los proyectos fuera del horario laboral, …  

Hemos aprendido a presentarnos y describirnos por nuestros logros y, entonces, si hacemos ‘menos’... pues ‘valemos’… menos.  

Por eso tenemos tendencia a abrazar como “buena” esa rueda de hamster de la hiperproductividad. Si tu autoestima solo se construye haciendo cosas todo el rato y ‘no teniendo tiempo’... probablemente nunca tengas incentivos ni ganas para estar a solas contigo mismo y quererte por cómo eres; no por lo que haces.  

¿Y si procrastinar, conscientemente, fuera el perfecto acicate para ese síndrome de la vida ocupada?

Procrastinando, que es gerundio

Procrastinar, en este sentido y siempre que no sea patológico, te abre un abanico de consecuencias positivas: 

  • Es un mecanismo emocional para gestionar estados de ánimo negativos del corto plazo 
  • Te acerca al momento del chute de dopamina del ‘último minuto’ donde ciertas personas funcionan mucho mejor. 
  • Es un espacio de creatividad en el que tu mente ‘divaga’ porque todavía no está convencida de que hayas dado con la respuesta/enfoque perfecto. 
  • Recuperas energía. ¿Intentarías sacar agua de un pozo seco? Pues lo mismo es intentar sacar productividad salvaje de tu cuerpo serrano cuando estás para el arrastre. 
  • Ganas felicidad. A veces nos tiramos horas haciendo scroll desde la cama porque, simplemente, nos hacen felices (ande yo caliente…). Si somos más felices, también somos más productivos (y no al revés).


Al final esto de procrastinar… ni tan mal 

Exigencias ya llevas demasiadas. Para ser ‘más’, no tienes que levantarte a las 5 am, ni meditar, ni ir al gym todos los días, ni trabajar 10 horas para volver a casa y seguir trabajando, ni correr maratones cada fin de semana…  

Vaguear no debe hacernos sentir mal, sino ser más indulgentes con nosotros mismos. Hacerse el remolón a la hora de la siesta te conecta con lo que de verdad importa: contigo, con lo que eres y con tus pensamientos  

… pues mira, ni tan mal  

Dicho eso, puedes volver a terminar de ordenar alfabéticamente esas cremitas antes de que se convierta en tu próxima tarea en la lista de cosas que procrastinar.

PD: ¡Ah! Que casi se nos olvida la posdata. Esto nos pasa por dejarla para el último momento…   

El post de hoy viene patrocinado por nuestra Heroes' Recharging Mask, la mascarilla con efecto recarga-pilas para los que procrastinan por necesidad. Venga, a apalancarse en el sofá como si fuera tu foso defensivo mientras te pones la carita a punto y Netflix te pregunta “¿Sigues ahí?”.  

Aquí seguimos y aquí nos vamos a quedar, un ratito más.

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